Hasta que descubrí el té, mi recurso para espabilarme fue siempre el café. No me entusiasmaba su sabor, pero la necesidad de estar despierta hacía que pasara el mal trago de la bebida enmascarándola con un poco de leche. Ni que decir tiene que el tipo de café que consumía era el más barato del mercado y para colmo torrefacto;  yo, en realidad solo necesitaba que fuera lo suficientemente negro para que al añadirle la leche ésta tampoco me supiera.

No es que esté en contra de las marcas comerciales, puesto que muchas de ellas tienen una relación calidad-precio buena, pero es necesario que sepamos qué estamos comprando cuando hablamos de café:

En primer lugar, hay dos tipos de grano: Arábica y Robusta.

  • La variedad arábica tiene producciones muy bajas en terrenos en grandes altitudes que le otorga al café un sabor más refinado y la mitad de cafeína que la variedad robusta.
  • La variedad robusta tiene grandes producciones y su sabor es más adusto. Casi todo el café de marcas comerciales son de esta variedad ya que tiene un precio de mercado más bajo debido a la facilidad en su producción y manipulación.

Los tipos de tueste en general son : natural o torrefacto

  • Con el tueste natural el café verde pasa a la tostadora sin aditivos, tal y como es el grano, consiguiendo al infusionar un licor claro.
  • El tueste torrefacto consiste en añadir azúcar al grano para que al tostarlo se caramelice, haciéndolo más oscuro y con un sabor más amargo. Esta técnica se adoptó en la posguerra para que el licor fuera más oscuro y así utilizar  menos cantidad.

Si quieres  disfrutar un buen café elige la variedad arábica de tueste natural. Utiliza café en grano para molerlo en el momento y no es necesario que hagas como Ludwig van Beethoven, que contaba 60 granos para su molido e infusión, tan solo toma la medida de una cuchara de postre por persona. Te sorprenderá el aroma y el sabor y hará de tu despertar un momento más grato.